dimarts, 23 de desembre de 2008

Moscú, Москва.

Una fina y cálida línea de fría luz entraba por la estrecha ventana. El gélido helor de la capital moscovita se hacía presente en las facciones de mi rostro. Pero ahí estaba yo, tal cual, esperando ese momento, después de tanto tiempo.

Con algo de esfuerzo, como todos los días, me puse unos vaqueros, algo sucios y desteñidos, un jersey de lana y mi gabardina negra favorita; mi pensamiento no dejaba de rondar entre tu las curvas de tu cuerpo; pensamiento lejano, pero íntimo y próximo.

Sin darme cuenta, el concurrido metropolitano llegó a mi destino, la lujosa estación de Okhotnny Ryad. La luz de esperanza me iluminaba tan profundamente ese día, que llegó a transformar mi angosto pesimismo. Todo era sumamente diferente a las noches de vodka y soledad.

Las horas pasaban y el anticipado anochecer de Moscú iba haciendo mella en el cielo. Mi esperanza, a su vez, se apagaba. Las coloridas cúpulas de la Catedral de San Basilio contrastaban con mi alma, tan gris y tan fea.

Me dejé llevar por las calles de la urbe, hasta que encontré un pequeño bar. El malhumorado camarero me trajo una una sopa Jarchó rápidamente. Le di un trago y perdí mi mirada entre lo que se vislumbraba de cocina, la sopa estaba deliciosa.

Una extraña sensación recorrió mi cuerpo, eras tú, sin duda.

Me levanté bruscamente, la silla patinó sobre el suelo, y me dirigí hacia la cocina. El mesero intentó interponerse, pero lo conseguí, después de tanto tiempo.

Delante de ti me encontraba, mirando esos preciosos ojos que aún recordaba con tanta claridad. Mi boca temblaba, era inevitable, te había encontrado.

- Te quiero, eso es todo.